
Hay un juego de mesa en el que quien lleva cuarenta años jugando parte con las mismas opciones que un niño que estrena tablero. Es el juego de la Oca, y su rasgo más curioso es que no admite estrategia: el jugador coloca la ficha, lanza el dado y avanza a donde le manden los números. No elige casilla. No hay jugada buena ni mala. Manda el azar, de principio a fin.
La mecánica es sencilla y explica esa ausencia de mérito. El tablero tiene 63 casillas numeradas y dispuestas en espiral, cada una con un dibujo diferente. Se lanza un dado, se avanza el número que salga y se acata lo que diga la casilla. Nada más. Hay 24 casillas especiales, iguales en todos los tableros: quince tienen ocas, en la 6 y la 12 hay puentes, en la 19 una posada, en la 26 y la 53 dados, en la 31 un pozo, en la 42 un laberinto, en la 52 una cárcel y en la 58 la muerte.
Cada una tiene su castigo o su premio. Si caes en una oca, saltas a la siguiente y vuelves a tirar, con el clásico «de oca a oca y tiro porque me toca». Los puentes te trasladan de uno a otro. Y si caes en la casilla 58, la muerte, vuelves a la número 1 para empezar de nuevo. La meta, la 63, solo se alcanza con una tirada exacta. Nada de esto lo decide el jugador.
Ese carácter de juego de azar tiene hasta escenario propio. En Alpartir, un municipio de la provincia de Zaragoza, se disputa cada año el Campeonato del Mundo del Juego de la Oca. La cita combina humor, tradición y espíritu festivo, y su gracia está precisamente en lo que no exige: aquí no valen las estrategias complicadas ni el entrenamiento físico, la clave es dejarse llevar por la fortuna. La inscripción es gratuita y todos los participantes se llevan un obsequio.
La mejor prueba de que no hay expertos la dio el propio torneo. Uno de sus campeones fue Aarón Marín Gálvez, un niño de cuatro años de Zaragoza, que fue pasando las sucesivas rondas hasta plantarse en la final y ganó con unas tiradas geniales. Cuatro años. Campeón del mundo.
Detrás de un juego tan simple hay siglos de historia y ningún consenso sobre su origen. Se le ha relacionado con el disco de Festos, que data de 1700 a. C., con un juego adivinatorio de la Grecia clásica y con la China de la dinastía Ming. También se ha escrito que lo creó la Orden del Temple para representar el Camino de Santiago. Ninguna de esas teorías está corroborada.
Lo que sí figura documentado es su entrada en España. Se cree que uno de los primeros tableros fue un regalo de la familia Médici al rey Felipe II, lo que ayudó a su rápida difusión por la corte y por toda Europa. Desde entonces apenas ha cambiado. El diseño se ha mantenido prácticamente intacto durante siglos, con sus 63 casillas y elementos como el pozo, la cárcel o la muerte.
Así que la próxima vez que pierdas a la Oca, no le des más vueltas. No jugaste mal. Solo cayó el dado. Por lo que ten por seguro, el juego de la OCA, no es un juego, solo influye el azar.






