redacción | 21 de noviembre de 2009
En las noches más oscuras y frías del invierno, las gentes de las aldeas situadas al este de la Sierra de San Mamed, podían ver una pequeña luz como si fuera de un candil, al tiempo que escuchaban voces como llegadas del infierno, convertidas en rezos que llamaban a la muerte. Poco después, la luz y los rezos desaparecían tal y como habían llegado.
Cuentan los viejos que un chaval, deseando saber lo que ocurría, decidió esconderse en junto a un muro del camino por el que solía pasar la luz. El chaval temblaba de miedo y frío mientras aguardaba, aunque poco más tarde pudo ver la luz que poco a poco se le acercaba. Escuchó los rezos más y más cerca y cuando la luz le permitió ver sus manos y su cuerpo levantó la cabeza para ver lo que a ocurría. Justo en ese momento recibió una bofetada que lo arrojó cuatro o cinco metros camino abajo provocándole un desvanecimiento que duraría hasta la mañana siguiente.
Nadie de aquellas aldeas pudo ver de cerca la misteriosa luz. A los que la recuerdan no les gusta hablar de ella, y los que lo hacen dicen que era la muerte que venía en búsqueda de algún vecino. Hoy, en las noches oscuras y frías de aquellas aldeas, no hay ni luz ni rezos, pero a pesar de que ya nadie lo cree y todos sabemos lo que ocurría, a los que les entró el miedo en el cuerpo ya no les volvió salir.
Así se cuenta en Vilar de Cans, ayuntamiento de Maceda (Ourense).
Fuente: Galicia Encantada
[...] Fuente En las noches más oscuras y frías del invierno, las gentes de las aldeas situadas al este de la Sierra de San Mamed, podían ver una pequeña luz como si fuera de un candil, al tiempo que escuchaban voces como llegadas del infierno, convertidas en rezos que llamaban a la muerte. Poco después, la luz y los rezos desaparecían tal y como habían llegado. [...]