
Casi nadie recuerda haber aprendido a jugar al sudoku. Miras la cuadrícula de 9×9, pruebas un número y, a los cinco minutos, ya estás enganchado. Ahí está buena parte del secreto de por qué millones de personas lo resuelven cada mañana.
Las reglas del sudoku son de lo más sencillas y lo cierto es que no se necesita mucho tiempo para explicarlas y que queden claras: consiste en rellenar la cuadrícula con los dígitos del 1 al 9 sin que se repita ninguno en la misma fila, en la misma columna ni dentro de cada bloque de 3×3. Nada de sumar ni multiplicar. Es pura lógica, y un buen tablero solo admite una respuesta.
Una de las cosas más curiosas que tiene este juego es que no nació en Japón, aunque mucha gente lo cree así. Lo inventó o creó en 1979 un arquitecto jubilado estadounidense, Howard Garns, que lo bautizó como «Number Place» para las revistas de Dell. Garns tomó los viejos cuadrados latinos del matemático Leonhard Euler y les sumó la trampa de los bloques de 3×3. En Estados Unidos pasó sin pena ni gloria.
El empujón vino después. En 1984, la editorial japonesa Nikoli, con Maki Kaji al frente, lo rescató, lo llamó sudoku y lo convirtió en costumbre. A Kaji, fallecido en 2021, lo apodaron «el padre del sudoku».
De ahí dio el salto a la prensa británica —The Times lo publicó a finales de 2004— y en poco tiempo apareció en periódicos de medio mundo. Funciona en cualquier idioma: basta con saber contar.
El sudoku es un juego tan adictivo como lo puede ser el famoso Tres En Raya, el Simón que pondrá tu memoria al límite, el cásico ahorcado o el juego de emparejar cartas, que también hará que tu mente rejuvenezca al ejercitarse al máximo.






