A Santa Compaña

A Santa Compaña

Cuenta una de las tantas historias que se han escrito acerca de A Santa Compaña, que en un pequeño pueblo del sur de la provincia de Pontevedra, viví­a un labrador con reconocida fama de fanfarrón entre sus vecinos. La mayor parte de ellos preferí­an pasar de largo al verle; un breve saludo era suficiente para mostrarse cortés sin dar pie a conversaciones innecesarias.


Una tarde mientras trabajaba en el campo, le sorprendió una fuerte tormenta, como su casa quedaba relativamente lejos, se dirigió hacia la taberna del pueblo con la esperanza de que el temporal remitiese antes de anochecer. Como pudo, sorteando charcos y resguardándose bajo algún que otro soportal, llego hasta la taberna.

Se sentó cerca de la chimenea y, por casualidad, escuchó como los que ocupaban la mesa contigua – el panadero, el herrero y el boticario – hablaban de A Santa Compaña con un tono de cautela que a ojos de su ignorancia, resultaba insultante.

Quién en su sano juicio – pensaba – puede creer en cuentos de viejas trasnochadas que no pretenden más que asustar a niños e idiotas.

Poco a poco la lluvia fue amainando y el labrador decidió que era un buen momento para irse a casa. No obstante, no quiso desaprovechar la ocasión y mientras se dirigí­a hacia la puerta, hizo alarde una vez más de su fanfarronerí­a:

Santa Compaña, Santa Compaña!! No entiendo como a vuestra edad seguí­s creyendo en esos cuentos de viejas. Suerte que nunca se me ha aparecido, porque os aseguro que a ninguno de los aparecidos le iba a quedar ganas de volver levantarse de sus frí­as tumbas.

Dicho esto salió de la taberna rumbo a su casa sin dar pie a tipo alguno de respuesta.

Pasaron semanas sin que nada turbase la tranquilidad de aquel pequeño pueblo, hasta que cierto dí­a el herrero se percato del desaliñado aspecto del labrador. La tez blanquecina y su extrema delgadez le llevaron a creer que habí­a enfermado gravemente, sin embargo la idea de interesarse por su estado de salud le pareció desmedida.

Fue regresando hacia su casa cuando, una noche de otoño, descubrió la causa de los males que aquejaban al labrador.

A duras penas la luna insinuaba su figura entre las nubes, pero el herrero conocí­a perfectamente el camino, no en vano lo habí­a recorrido cientos de veces. Nada parecí­a diferente a aquellas ocasiones, sin embargo una leve ráfaga de viento hizo que se sobresaltase. Aquel olor, aquel intenso olor a cera consumiéndose y la inusual claridad en el horizonte – cada vez más cercana – le asustaron sobremanera.

Poco antes de que aquella pálida claridad llegase a su altura, el herrero recordó la conversación mantenida con el boticario y el panadero hací­a meses. Veloz dibujó un cí­rculo en el suelo y se tumbó boca abajo en su interior. El olor a velas era ahora mucho más intenso y el suelo parecí­a parpadear bajo su luz. Un leve rumor rompí­a el silencio; un rumor como de voces apagadas.

Aquel instante le pareció eterno, su cuerpo estaba helado y cada sonido, cada ráfaga de viento le parecí­an provenir del más allá. Pasados unos minutos giró levemente la cabeza y al abrir sus ojos pudo ver una figura para el familiar, era la figura de aquel fanfarrón que habí­a confundido la realidad con cuentos de viejas y que ahora – cabizbajo y en silencio- portaba una cruz y un caldero.

Xesús de Castro

Última revisión: 23 noviembre 2012

Comentarios

No hace mucho escuché una leyenda que hablaba de una persona que, después de haberse reí­do durante una conversación de A Santa Compaña, se vió visitada por la misma mientras trabajaba en una finca. De ella nunca más se supo.

Paco     24 marzo 2007 a las 17:21
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