Chica maltratada en Mercadona de A Ponte, te pido perdón

Amor y desamor

Era un mediodía de un sábado cualquiera del mes de julio, un chico y tú esperabais el ascensor del Mercadona del barrio de A Ponte, no os eché más 25 años. Compartí ascensor con el que deduje era tu novio, tú decidiste subir por las escaleras después de intercambiar unas palabras con él. Su salida al parking fue accidentada. Golpeó con fuerza el carro de la compra contra las puertas del ascensor, de la entrada del parking y me quedé con las ganas de que me diera las gracias por dejarle salir primero. Parecía enfadado. Qué ímpetu! pensé sin saber lo que un instante después presenciaría.

Momentos antes, le habías dicho que tenías que irte porque entrabas a trabajar y aún no habías comido; él masculló algo, pero parecía que lo aceptaba de buen agrado ¿Qué podía parecerle mal? Tenías que ir a trabajar, incluso te ofreciste a marcharte caminando, que no te importaba. Al parecer, a él sí le importó.

Al llegar al coche comenzó a insultarte, a bracear y a tirar las bolsas de la compra al maletero del coche como quien lanza un balón en medio de un campo de fútbol, los insultos y los gritos iban a más. Yo miré a mi alrededor, pero me acobardé. Mis ganas de decirle algo se vieron aplacadas por la soledad reinante en el parking ¿Y si le decía algo y la emprendía conmigo? ¿Y si ella le daba la razón y los dos se encaraban? ¿Y si decidía insultarme a mí sin que nadie me ayudara? ¿Y si en el peor de los casos me pegaba? Me hice pequeñita y aparté la mirada.

Tú no le dijistes nada, pero te fuiste caminando con la cabeza gacha: para cuando él se dio cuenta, mi vista ya no alcanzaba a verte. Y entonces sus ojos llenos de ira se encendieron todavía más ¿Pero qué mierda haces? gritó en tono amenazante, saliendo sin dudarlo a tu encuentro. Mientras colocaba mi carro en su sitio, vi que braceaba mientras pegaba su cabeza a la tuya, de nuevo el único que decía algo era él. Al rato volvió a acabar de guardar la compra, el sudor le caía por la cara y sus ojos dibujaban en su rostro una expresión casi enfermiza, mezcla de ira, rabio, odio… todo lo malo que te puedes imaginar.

Cogí mi coche y emprendí mi camino hacia la salida del parking, comprobé que volvías a su encuentro, de nuevo con la cabeza agachada, las lágrimas, esta vez, asomaban en tus ojos. Detuve mi coche a tu altura y bajé la ventanilla, la distancia no permitía que él nos escuchara (de nuevo mi cobardía me pudo) «¿Por qué permites que te trate así?«, te pregunté. Tú me miraste sin entender lo que te decía «¿Qué cómo consientes que te maltrate de esa forma? Eres muy joven, no lo consientas.» Una lágrima asomó en tu rostro y te encogiste de hombros sin saber qué contestar. Emprendiste tu camino y yo el mío, tenía miedo que él te dijera algo al verte hablar conmigo.

Durante la terrible escena que viví, solo pensaba en mi hija ¿Y si ella consiente esto? ¿Y si la maltratan de esta forma y no me entero? ¿Y si no estoy haciendo nada para que esto no llegue a sucederle? Y si.. Y si… Y si…. un montón de dudas se agolpaban en mi cabeza y en la boca de mi estómago queriendo salir en forma de náusea; mientras todo esto sucedía, me sentía la persona más cobarde bajo la faz de la tierra.

Casi un mes después de lo sucedido me sigo acordando de ti. Ojalá hayas reunido la fuerza suficiente para alejarte de semejante energúmeno, para entender que nadie merece que la traten así; ojalá algún día conozcas a alguien que te respete y te quiera a partes iguales, haciéndote sentir la mujer más especial del mundo.

Mientras tanto solo puedo pedirte perdón por no hacer, lo que como miembro de una sociedad que se llama civilizada debiera haber hecho: DEFENDERTE.

Isabel M.V.

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