La redada – Emilia Pardo Bazán

redacción | 9 de julio de 2008

Mi boda se desbarató por una circunstancia insignificante, sin valor alguno sino para quien, como yo, se pasa de celoso y raya en maniático. ¿Fueron celos lo que tuve? ¡Apenas me atrevo a decir que sí­! Y es porque me da vergûenza pensar que probablemente «serí­an celos»… en el fondo, allá en el fondo inescrutable y sombrí­o del alma… Para que se descifre mejor el enigma, explicaré mi manera de ser, antes de referir el mí­nimo incidente que dio en tierra con mi felicidad y me condenó, tal vez, a perpetua solterí­a.

Apasionadamente enamorado de mi novia, criatura fina e ideal como una flor blanca, y que reuní­a cuanto puede halagar la vanidad de un novio -alcurnia, elegancia, caudal-, aspiraba yo a ser para ella lo que ella era para mí­: un sueño realizado. Si en su presencia alababa alguien los méritos de otro hombre, se me revolví­a la bilis y se me poní­a la boca pastosa y amarga. No habiéndome creí­do envidioso hasta entonces, la pasión me despertaba la envidia, que sin duda existí­a latente en mí­, a manera de aletargada culebra. Hací­ame yo este razonamiento absurdo: «Puesto que ese otro vale más que tú, tienes mayores derechos al sumo bien del cariño de Marí­a Azucena Guzmán, vizcondesa de Fraga. Para merecer tal ventura debes ser -o parecer- el más guapo, el más inteligente, el más fuerte, el primero en todo.» Y desatinado por mis recelos, aplicaba un escalpelo afiladí­simo a las perfecciones de mi imaginario rival; le rebuscaba los defectos, le ridiculizaba, le trataba como a enemigo… ¡Hasta llegué a la vileza de la calumnia! Pasada la crisis, celosa, caí­a en abatimiento inexplicable, despreciándome a mí­ mismo.

Con el tacto propio de la mujer que quiere de veras, Marí­a Azucena, así­ que comprendió mi mal, evitaba toda ocasión de agravarlo. Se dejaba aislar, rehuyendo cualquier obsequio y trato que pudiese ser motivo de disgusto para mí­. Apenas notaba que un hombre me hací­a sombra, ni aun le dirigí­a la palabra. De este modo salvábamos los escollos de mi carácter. Mi futura solí­a repetir: «Así­ que nos casemos, mudarás de condición: lo espero y lo deseo, en interés de tu dicha y tu tranquilidad.»

Poco tiempo antes del dí­a solemne, señalado para primeros de septiembre, un tí­o de mi novia, el rico propietario don Mateo Guzmán, nos convidó a una fiesta en su quinta. Se trataba de una «redada» o pesca de truchas en el rí­o. La finca del señor Guzmán, que dista unas tres leguas del pueblo donde pasábamos el verano, goza merecida fama de ser la mejor de toda la provincia, por la amenidad de sus jardines, la frondosidad de sus arboledas centenarias y las muchas fuentes rumorosas que sombreaban grupos de odorí­feras, magnolias y graves cedros del Lí­bano. Fundada desde el siglo XVIII, ostenta una vegetación antigua y noble, de aire aristocrático; pero el realce de la belleza natural se lo presta el ancho rí­o Amega, que baña los lindes de la finca y besa los pies a sus tupidas espesuras. Se baja al rí­o por sotos de castaños y pintorescas sendas abiertas entre robledas y pinares; y ya a orillas de la corriente se descansa, en praditos salpicados de flores y orlados de cañaveral y espadaña.

Con infinita tristeza evoco ahora este cuadro, que entonces me pareció tan encantador. Madrugamos y salimos de la ciudad en el mismo coche, bajo la égida de una hermana de Marí­a, casada ya. El camino se me hizo cortí­simo. ¡Cruzar en carretera descubierta una comarca risueña y llena de poesí­a, a aquella hora matinal diáfana y suave, y teniendo enfrente a Marí­a Azucena, que me sonreí­a con ternura! Su velo de gasa dejaba entrever sus facciones al través de una nube, y la sombra del ancho pajazón oscurecí­a el misterio de los ojos y hací­a resaltar la flor de los labios, encendida como un deseo… Por instantes, furtivamente, yo apretaba su manita calzada con guante de Suecia, y ella respondí­a a la presión lo mismo que si dijese:

Conforme…

Fuimos agasajados al llegar, y antes de que el calor apretase, descendimos al rí­o, a cuyas márgenes, a la sombra, debí­amos saborear el campestre almuerzo. En un prado donde crecí­an mimbres y olmos, nos situamos para presenciar la redada. La trucha, que abunda en el rí­o Amega, suele refugiarse sibarí­ticamente, durante la caní­cula, en ciertas hondonadas o pozos profundos llamados en el paí­s frieiras, donde encuentra el agua helada casi. Tendida la red al través del rí­o, entran en él unos cuantos gañanes alborotando el agua, desalojan a la trucha de su retiro y la obligan a correr espantada hacia la red; cuando ésta se encuentra bien cargada de pesca, sácanla a brazo sobre la hierba y la vací­an; allí­ coletean como pedazos de plata viva los peces, que pasan sin demora a la caldera o la sartén. Tal espectáculo fue el que disfrutamos y despertó en Marí­a Azucena interés viví­simo. Entre los gañanes que acababan de entrar en el rí­o arremangados de brazo y pierna, uno, sobre todo, mereció que mi novia no apartase de él los ojos. Era un fornido mocetón que frisarí­a en los veinte años, y desplegaba vigor admirable para arrastrar la pesada red y sacarla de la corriente. Semidesnudo, como un pescador del golfo de Nápoles; bajo el sol de agosto, que prestaba tonos de terracota a sus carnes firmes y musculosas de trabajador, tení­a actitudes académicas y bellas, al atirantar la cuerda y jalar briosamente de la red. Yo acaso no lo hubiese reparado, si la voz de Marí­a Azucena, animada por el entusiasmo, no exclamase a mi oí­do:

Mira, mira ese mozo… Qué fuerzas! Él solo trae la red… Parece una estatua de museo. ¡Da gusto verle!

Me estremecí­ y sentí­ frí­o en el corazón. Evoqué mi propia imagen, lo que serí­a yo con la vestimenta y en la postura de aquel gañán. Mis brazos darí­an lástima; mis piernas se prestarí­an a una caricatura. Ni una pulgada acercarí­a la red a la margen el esfuerzo raquí­tico de mis pobres músculos de burgués.

¿Cómo no habí­a notado antes esta inferioridad de mi cuerpo? ¡Valiente novio, que ni aun podrí­a llevar acuestas a su novia por los senderos desde el rí­o hasta el palacio! ¡Oh miseria, oh desesperación! ¡Cuánto me humillaba el Apolo campesino, que, tachonado de gotas de agua donde el sol encendí­a los colores del iris, sonriendo en su gallardí­a juvenil, tendiendo sus brazos dorados y robustos ofrecí­a a la mirada de Marí­a Azucena la encarnación de un ideal antiguo, la perfección fí­sica demostrada por la acción y la energí­a muscular!

Pálido y descompuesto, me llevé de allí­ a mi futura, y emboscándome con ella detrás de unos sauces, la apostrofé, profiriendo reconvenciones exaltadas, quejas brutales, ayes que me arrancaba el dolor… Roja de vergûenza, me miraba atónita, seria, apretando con las manos el pecho, a fin de contenerse… vi brillar en sus ojos la chispa de la dignidad mortalmente ofendida, y conocí­ que estaba perdido.

No podemos casarnos -articuló Marí­a, por último, lentamente-. ¡Serí­amos tan infelices!

Y, como el que se suicida, repetí­ en voz sorda:

¡Serí­amos tan infelices!

No hubo más explicación, Marí­a Azucena y yo no volvimos a cruzar palabra. ¿Para qué? En breves momentos, ella me habí­a sondeado el alma…, y yo habí­a conocido también la intensidad de mi mal incurable.

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    Historias y cuentos de Galicia
    Emilia Pardo Bazán