La confesión

La confesión

Érase una vez era un cura que tení­a un sacristán, que también era compadre. El cura sabí­a que el sacristán le robaba el aceite de la lámpara, por lo que un dí­a le dijo que se tení­a que confesar.El sacristán no puso más condición que la de confesarse a través de las rejas como hacen las mujeres.

Se arrodilló el sacristán y, convenientemente sentado, el cura preguntó a su compadre:

¿Quién se lleva el aceite de la alcuza?

No se oye nada, señor cura – respondió el sacristán

¿Quién roba el aceite de la iglesia?

¿Está diciendo algo? No oigo absolutamente nada. Y, sí­ no, mire: póngase usted aquí­ y yo ahí­, para que vea.

Cambiaron de sitio y entonces preguntó el sacristán al cura:

¿Quién es el que come las meriendas de la mujer del sacristán?

¿Qué dices? ¡No se oye nada!

¿Quién come los huevos y los torreznos de la mujer del sacristán?

¡Boh, boh! Tienes razón, desde aquí­ no se entiende nada.

De esta manera, se dieron a absolución uno al otro y se marcharon tan amigos…..

Última revisión: 24 agosto 2007

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