Recuerdo que cuando era pequeño mi abuelo paterno - Luis por más señas -, me relataba episodios de su vida que guardaba en su mente como preciados tesoros que compartía con sus seres más queridos. Mi abuelo era especial, como casi todos los abuelos, pero el mío lo era tanto que a pesar de saber que a medida que compartía sus recuerdos su memoria se vaciaba como si de un manantial se tratese, no cedió al chantaje neuronal, dejándonos un legado que, a buen seguro, perdurará más allá de la memoria.