Cuenta la historia que varios vecinos de un conocido pueblo del que omitiremos el nombre, se dirigieron a la casa de una mujer con fama de holgazana. Durante el invierno, la mujer había adelgazado tanto que daba pena verla, por lo que el portavoz de la comitiva le dijo:
Un hidalgo que vivía cerca de la fuente de Pormás, tenía una hija muy hermosa, a la que todos los mozos de la comarca querían enamorar, sin embargo el hidalgo no consentía que nadie se acercase a su hija y para alejarla del peligro fue a encantarla a la fuente.
En el lugar de Armenteira, ayuntamiento de Meis, (Pontevedra), existe un monasterio muy antiguo, fundado por un señor que allí tenía su pazo y, aburrido del mundo y de sus enojosas intrigas, envidias y ruindades de toda suerte, quiso recogerse en un santo recinto para hacer oración y penitencia.
A fin de lograr sus deseos, pidió a San Bernardo que le enviara a cuatro monjes del Cister para que le ayudaran en lo que se proponía; y fue esto en el año 1149. El señor de Armenteira, que se llamaba don Ero, profesó al siguiente año, siendo elegido en seguida abad del naciente monasterio; El abad don Ero era muy devoto de la Virgen Santa María y acostumbraba a pedirle en sus rezos que le mostrase el bien que el Paraíso tiene para aquellos que por su piedad y devoción, así como por su rectitud en la vida, son merecedores de él.

Sobre la torre que en tiempos muy remotos había en el monte llamado Pico Sacro, cerca de Santiago, dícese que quien pasara por algún camino próximo a ella durante la noche, podría oír los lamentos y gemidos de una señora allí encantada por un gigante y bien guardada, sin que nadie pudiese acercarse a ella.
Algunos que lo intentaron con intrepidez allí quedaron muertos; y allí están, según se cuenta, los esqueletos colgados a la entrada del pazo subterráneo. Dos gigantes de hierro, que se mueven mediante un ingenio de las puertas cuando alguien intenta abrirlas, dejan caer sus pesados martillos, que tienen cogidos a dos manos, y machacan las cabezas de los atrevidos. Y si esto no bastara, dícese que tras las puertas hacen guarda unos fieros leones que los destrozarían a zarpazos y dentelladas si por acaso pudieran esquivar el primer artefacto.