Érase una vez era un cura que tenía un sacristán, que también era compadre. El cura sabía que el sacristán le robaba el aceite de la lámpara, por lo que un día le dijo que se tenía que confesar.El sacristán no puso más condición que la de confesarse a través de las rejas como hacen las mujeres.
Se arrodilló el sacristán y, convenientemente sentado, el cura preguntó a su compadre:
¿Quién se lleva el aceite de la alcuza?
No se oye nada, señor cura – respondió el sacristán
¿Quién roba el aceite de la iglesia?
¿Está diciendo algo? No oigo absolutamente nada. Y, sí no, mire: póngase usted aquí y yo ahí, para que vea.
Cambiaron de sitio y entonces preguntó el sacristán al cura:
¿Quién es el que come las meriendas de la mujer del sacristán?
¿Qué dices? ¡No se oye nada!
¿Quién come los huevos y los torreznos de la mujer del sacristán?
¡Boh, boh! Tienes razón, desde aquí no se entiende nada.
De esta manera, se dieron a absolución uno al otro y se marcharon tan amigos…..
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