El Vino del Señor Cura

redacción | 9 de marzo de 2009

El vino que se cultiva en los alrededores de las Tierras Altas, ya tení­a merecida fama en tiempos del Imperio Romano, aunque no sabemos si por los motivos que indica la siguiente historia, pues se trata de un vino que tení­a la maravillosa y mágica propiedad de que, quien lo bebí­a era capaz de ver un atisbo del futuro. Este vino lo preparaba en su lagar de la ribera de Larouco un hombre extraño que viví­a huraño y solitario. No se sabe de donde era, pero parece que aunque nacido en las Tierras Altas habí­a pasado mucho tiempo fuera de ellas, y ahora con avanzada edad habí­a regresado. Curiosamente, solo el vino que preparaba especialmente para el señor cura tení­a esta propiedad, pues el resto, a decir de los que lo probaron, “no hací­a nada”.

Todo comenzó cuando la gente empezó a sospechar e incluso a murmurar al darse cuenta de que tanto él como el cura, cuando ocurrí­a alguna desgracia parecí­an estar ya sobre aviso, es como si ya supieran que algo malo iba a ocurrir y se protegí­an del peligro.

En una ocasión un mozo de Chavean, se atrevió a ir al lagar donde hací­a e vino, y estuvo vigilando durante dos dí­as. En un descuido, cuando ni él ni su perro estaban, entró en el lagar y cogió un poco del vino. Muy ufano se presentó en su aldea y convidó a sus amigos a probarlo. Todos los que lo bebieron lo calificaron como malo pues tení­a un sabor extraño. Pero al poco rato se les nubló la cabeza y tuvieron una extraña visión. Una gran tormenta hací­a subir el nivel del rí­o de tal forma que arrastraba a un hombre que montado en su caballo intentaba cruzarlo.

Cuando se recuperaron del susto y después de estar vomitando un buen rato, se pusieron a comentar asombrados lo que habí­an sentido, pero no se poní­an de acuerdo sobre quien podí­a ser el personaje de la visión. Eso si, todos coincidí­an que era tuerto pues llevaba un ojo tapado.

La experiencia fue muy desagradable pues el malestar posterior no era el propio de una resaca de borrachera, sino que mas bien parecí­a que el vino tuviera alguna cosa extraña.

Pasó el tiempo, y un dí­a hubo una gran tormenta por el nacimiento del rí­o Navea, no pasó nada especial durante la tormenta, pero a los dos dí­as en Montefurado apareció el cadáver de un vecino de Casteligo. Los que habí­an bebido del vino del cura, y tuvieron la visión se quedaron muy azorados. Pero no podí­a ser este vecino muerto el de apareció en su visión pues todos coincidí­an que aquel era tuerto, pero el muerto no lo era.

De todas formas encargaron a uno de ellos para que fuera al entierro, y allí­ estuvo tratando de averiguar entre los paisanos si el difunto tení­a los dos ojos bien, le contestaron que si, aunque se habí­a lastimado hací­a poco en el ojo derecho y por eso últimamente lo llevaba vendado.

Espantado volvió corriendo al pueblo y lo comunicó a sus amigos. Aunque intentaron mantenerlo en secreto se acabó conociendo, y el Conde de Lemos y el Abad de Montederramo enviaron a su gente a investigar.

Tanto el cura como el hombre que hací­a el vino desaparecieron y nunca mas se supo de ellos.