redacción | 2 de julio de 2007

El Boca era alto y rubio, como una careta de Carnaval. Le llamaban el Boca porque había emigrado a Argentina, y siempre estaba hablando del barrio de la Boca, donde había residido durante su estancia en Buenos Aires.
No era hombre que se matara a trabajar: sólo lo justo para que nadie pudiera decir que no lo hacía y aún así, muchos lo decían. Los que si trabajaban eran su mujer y sus hijos.
El no hacía otra cosa que hablar de sus tiempos de gloria argentina. Cualquiera que no le conociese pensaría, oyéndole hablar, que en todo el barrio de la Boca no mandaba nadie más que él.
- Aquella noche, yo estaba en un quilombo, bastante mamado por cierto, cuando entraron cinco o seis italianos. Venían a por mí. El día antes, había tenido que pegarle a uno de ellos, en otro quilombo. Los vi venir, y dije para mí; “José, ya tenemos baile”.
El primero que se me acercó, abrió una navaja de dos cuartas, dispuesto a agujerearme…
Me eché a él, le quité la navaja y no se la hice tragar porque eses mierdas de italianos no comen más que pasta y dije: “Si le hago comer la navaja, revienta”. Me dio lástima… Pero los otros se me echaron encima, y no tuve más remedio que ponerme a romper cabezas…
Se armó un jaleo de Dios… La dueña del quilombo se puso a gritar: “Que me arruinan, che, que me arruinan. Volaban las botellas, los vasos, las mesas…
Allí volaba todo… La del quilombo también me dio lástima, y me dije:
“Esto es mejor seguirlo fuera, sin perjuicio de terceros”
Me puse en la puerta y desafié a los italianos que aún quedaban vivos, a seguir peleando en la calle:
“No pregunto cuántos son, sino que vayan saliendo”…
¡Pero no salieron! ¡Ninguno! ¡No salió ninguno!
El Boca tenía fuerza y fachada para que todo aquello hubiese sido verdad. Pero la gente no se lo creía, porque no tenía genio, ni era hombre de líos. El no le pedía a la vida más que trabajar poquito y beber el necesario.
- Pero, José, ¿qué es eso de beber el necesario?
– Pues no es más que beber lo que te pida el cuerpo.
Era hombre de muy buen hacer, y no le costaba nada inventar todas aquellas historias de Buenos Aires. De alguna manera, mientras contaba semejantes tinglados, vivía unas aventuras que nunca habían ocurrido.
-Una vez, le compré un boliche a un francés. Me lo dio por cuatro perras. No veía manera de deshacerse de él, porque los tíos iban allí, soplaban el que querían, y casi nadie le pagaba. Me lo vendió por nada. Yo llegué, me puse en el mostrador, y se me acerca un tío. Pidió de beber todo lo que quiso, y hasta convidó a unos cuántos qué había allí, Yo serví todo lo que me mandó y, cuando le pareció, el tío se viene al mostrador y me dice:
Todo eso me lo pone a mi cuenta, che”.
“Nada”, le dije yo, “no se preocupe”.
Y marchó, hecho un señorito. Los demás se quedaron riendo, pero yo no era francés. Al día siguiente compré una escopeta de dos caños, y la puse debajo del mostrador. Allí, el que más y lo que menos, andaba con su chafarote. Y vuelve el fulano y me repite la faena. Bebe lo que le da la gana, convida a los presentes y se acerca al mostrador:
“Todo eso me lo pone a mi cuenta, che”.
“Espere un momento, que voy ver la libreta”, le dije.
Y, con la misma, eché mano de la escopeta, y le metí los dos cartuchos en el corazón. No dijo ni ay. Desde entonces, todos estaban allí como en misa.
¿O sea, que lo mataste? ?le preguntó uno.
-¿No te lo estoy diciendo? -Le metí toda la carga en el corazón.
-¿Y cuántos años de presidio te echaron?
- Ninguno. ¿Qué me iban a echar? Legítima defensa.
Desde el año 32 en que regresara de la Boca, Buenos Aires tenía que ser una ciudad sin ley, porque el único que imponía allí la ley y la orden era el Boca. El contaba sus hazañas, pero la verdad era que nadie se las creía. Ponía testigos, sí, pero los testigos eran todos italianos, franceses y argentinos y todos estaban en Buenos Aires.
-Testigos de lejos, y, encima, extranjeros? decía la gente.
Pero el caso fue que llegó la guerra de España, y allá por el mes de agosto del 39, cuando ya se había acabado, el Boca recibió un sobre que había llegado con esta dirección:
Sr.D.
José Ferreira o familia
Allariz (Orense)
(España)
Y dentro, venía un papel, firmado por cinco o seis amigos de los que el Boca había dejado abandonados en el infierno sin orden y sin ley de Buenos Aires. El papel sólo decía:
“Queremos saber sí José Ferreira vive o sí ha fallecido en la pasada contienda”.
El Boca les enseñó el papel a cuántos lo quisieron ver. Era la garantía de todas sus hazañas del otro lado del mar.
-¿Os convencéis ahora, mamalones? Allí saben que soy bravo, y por eso preguntan lo que preguntan… Lo que pasa es que ya voy viejo, y ahora tengo menos ganas de líos… Ahora, de lo único que tengo ganas y de vino…
Y pedía otro vaso y seguía bebiendo, hasta que se ponía contento de todo.
-”O sí ha fallecido en la pasada contienda…’ Mirad, aquí esta el papel… ¡Pero fallecer yo! ¡José Ferreira no fallece!
Y, desde entonces, ya nadie supo decir si las hazañas de Buenos Aires eran verdad o mentira.
[...] Enlace [...]