El vino de los sábados – II

redacción | 30 de junio de 2007

Pipote

El Pardau era otra cosa. No ganaba nada con las borracheras: cuando estaba borracho, era tan ignorante como cuando no. No me acordarí­a de él, de no haber sido por la noche en que cayó desde la carretera a un campo de Portovello. No se mató, de milagro. Ocho o nueve metros de caí­da son muchos metros para el peso muerto del cuerpo de un borracho. La suerte que tuvo fue que, al llegar al suelo, encontró la tierra blanda de un patatal. Pero, aunque no se mató, hirió la cabeza por tres o cuatro sitios. No se supo cómo se pudo valer el sólo. El caso fue que, a la mañana siguiente, se encontró un reguero de sangre que comenzaba en la carretera y que después subí­a por la calle del Padre Gándara, hasta la casa del médico. Cualquiera podrí­a pensar que el carnicero habí­a llevado por allí­ una ternera acabada de matar, o que alguien habí­a pasado con un cabrito aún goteando sangre por las piedras. Lo que nadie imaginaba era que fuera la sangre de un cristiano. Ni siquiera el hecho de que el reguero acabara al pie de la puerta del medico serví­a de nada, porque a los médicos les regalaban entonces muchos cabritos. Después, las cosas se fueron aclarando, y se llego a saber que la sangre era de cristiano, y que el cristiano era el Pardau. Allá hacia las tres de la maña borracho como todas las noches de sábado, se habí­a sentado en el paredón de la carretera, para echar un pito. Pero, de repente, le pareció que alguien le habí­a pegado un empujón, porque el Pardau se vio por los aires, hasta quedar espatarrado entre unos pies de patatas.

¡Pardaucino, dónde fuiste acabar! - pensó entre las nieblas del trastazo y del vino.

Pero no acabó. Estuvo quieto un buen cacho, y después se irguió cómo pudo. Tení­a la cabeza como un bombo. Le dolí­a. Pasó la mano por la cara, y vio que se le habí­a manchado de rojo.

¡El vino! – pensó – Me llené tanto de vino, que ahora vierto.

Pero lo que vertí­a era sangre. Cuando se dio cuenta de ello comenzó a caminar calle arriba, hasta la casa del médico. Llamó en la puerta, tan fuerte como pudo, y chilló:

¡Acúdanme! ¡Válganme! ¡Tengo la cabeza rota!

El medico saltó de la cama, llamó la un hijo, que también estudiaba medicina, y bajaron los dos. Enseguida comenzaron a hacerle las curas, entre las quejas del Pardau, que se dolí­a como si estuviese muriendo.

No te quejes tanto, que es más el ruido que las nueces - le dijo el médico.

Y el Pardau le respondió:

¡Carajo, usted bien habla!

Tení­a una herida en la cara y otras dos en cabeza, pero no se habí­a roto ningún hueso.

¿Y no tendrá por ahí­ una aspirina?

Esto no se arregla con aspirina, Pardau. Además, tendrí­as que tomarla con agua, y seria peor el remedio que la enfermedad. ¿Cuánto tiempo hace que no bebes agua?

No hace tanto. Aún bebí­ un trago el lunes.

Cuando acabaron de curarlo, el médico y su hijo llevaron al Pardau a su casa, y allí­ lo dejaron, acostado. El Pardau era soltero y viví­a sólo.

Ya vendré a verte, mañana por la mañana – se despidió el médico – y tendrás que decirme cómo fue el cuento.

¡El cuento fue bueno! Yo no sé si caí­ o si me empujaron.

¿Si te empujaron? ¿Y quién te iba a empujar?

Eso es lo que no sé. Pudo ser el de Verí­n… Pudo ser lo del Ribeiro… O pudieron ser entre los dos…

  • Marcial Suárez
  • O Acomodador e outras narracciós
  • Editorial Galaxia – 1969
  • Traducción: Xesús de Castro

 

 

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