El vino de los sábados – I

redacción | 29 de junio de 2007

Vid

Ya dije que en Allariz hay muchas iglesias. Ahora tengo que decir que hay muchas menos iglesias que tabernas.
Los vinos que más se beben son del Ribeiro y Verí­n, que, según los entendidos, son vinos flojos. Yo no les voy a llevar la contraria a los entendidos, porque ya se sabe que, a veces, no hay como ser entendido para entender. Lo que digo es que todos los sábados por la noche, en Allariz, el vino de Verin y lo del Ribeiro se subí­an a un montón de cabezas, aún que las cabezas eran casi que siempre las mismas: la del Tarabá, la del Pardau, la del Boca

Muchas veces, pensé que no era cuestión de que los vinos fuesen flojos o fuertes, aquellos hombres no precisaban del vino para emborracharse. Lo que se les subí­a a la cabeza era, sencillamente, el sábado. O para ser más exactos, la puesta del sol de cualquier sábado o ví­spera de dí­a santo. Nada más acabar el trabajo, ya estaban perdidos.

¡Lorión, lorión!

El Tarabá era albañil. Por la semana no viví­a más que para el trabajo. Pero, el sábado, en el mismo momento en que dejaba la herramienta, se convertí­a en otro hombre otro hombre:

¡Lorión, lorión! y ya comenzaba a hacer eses.

Nunca ví­ hombre que hablara tantos idiomas. Quiero decir, de sábado a lunes. El resto de la semana, no: el gallego, y pocas las gracias. Pero, de sábado a lunes, hablaba inglés, franchute, alemán, italiano, ruso… Cualquier idioma. Ahora que, desde luego, todos hablados a su manera. Es más que seguro que, cuando hablaba en italiano, no lo entendiesen ni los rusos. Y que, cuando hablaba en ruso, no lo entendiesen ni los alemanes. Y que, cuando hablaba en alemán, ni los ingleses comprendiesen lo que decí­a. Pero como en Allariz no habí­a ingleses, ni alemanes, ni rusos, ni italianos, nunca hubo manera de hacer la prueba. De lo que no habí­a duda era de que las cosas que decí­a, en cualquier idioma que hablase, las decí­a muy convencido:

¡Lorión, lorión! ¡Menoguti indacharca trampilán!

Estaba tan seguro de lo que decí­a, que, las pocas veces que hablé con él, me convenció siempre.

Recuerdo una Nochebuena, en la Misa del Gallo, el Tarabá estaba más polí­glota que nunca. Tal vez en aquella ocasión no fuese cosa del vino. Es posible que los motetes en latí­n lo hubiesen estimulado:

Natum videte
regem angelorum….
Venite, adoremus…

El Taraba la se soltó a hablar en latí­n, y siguió con el alemán, con el inglés… Era como si las lenguas de fuego de la Pentecostés, que una vez habí­an bajado sobre las cabezas de los apóstoles, hubiesen venido a posarse ahora en una cabeza sola, en cabeza loca y borracha del Tarabá.

¡Unibarti trenchacán tarabaquiña…

La gente comenzó a decirle que se callase, que estaba en la iglesia, que debí­a mostrar un poco de respeto… Pero el Tarabá no se enteraba del que le decí­an, porque estaba a lo suyo:

¡Manxarica viñocura… ¡Lorión, lorión!

Y rompió a cantar:

¡Viñocura, manxarica, xamoneta fartalada…!

Cantaba como si estuviese en la calle o como si la iglesia fuese suya. Algunos de los presentes quisieron obligarlo a salir, pero el Tarabá no se dejaba:

¡Norabuxo, norabuxo, cristocredo, papalán…!

Aquello era peor que un pecado: era una alteración del orden público. Un guarda que estaba en la tribuna bajó juanto al Tarabá, dispuesto a acabar el cuento. Pero el Tarabá,
al ver que se le acercaba un uniformado, se asustó , dejó de cantar de y levantando los brazos en señal de paz, dijo en castellano:

¡Viva nuestro Señor!

  • Marcial Suárez
  • O Acomodador e outras narracciós
  • Editorial Galaxia – 1969
  • Traducción: Xesús de Castro

 

 

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