El Cáliz de Oro
Hace mucho tiempo por Ribadavia, habÃÂa una iglesia que tenÃÂa un cáliz muy grande de oro, y un buen dÃÂa un paisano de un pueblo cercano se le pasó por la cabeza una mala idea, y fue la de robar el citado cáliz y venderselo al joyero judÃÂo que habÃÂa en el mismo pueblo.
Dicho y hecho. Un dÃÂa se fue a misa, y en vez de salir con los demás se metió en el confesionario y allàse escondió.
Cuando pasó un buen rato y ya se encontró solo, cogió el cáliz, lo metió en un saco y por la noche se fue a su casa. Al dÃÂa siguiente se fue con el saco junto al joyero para verderlo, y llegaron a un acuerdo.
El joyero conoció el cáliz de la iglesia porque se lo habÃÂan dado para que le arreglara un golpe que tenÃÂa, y le dijo al hombre que no tenÃÂa todo el dinero, pero que los iba a buscar junto a un amigo, que lo esperase allàmientras tanto. Pero el hombre desconfió y se fue a mirar para donde iba, y lo vio coger el camino hacia la Santa Hermandad que era como la policÃÂa de aquella época. El hombre dejó el cáliz y se fue corriendo.
Vino el joyero con los de la Hermandad y encontraron el cáliz en su casa y le acusaron del robo. Lo llevaron al tribunal de la Inquisición por el robo y por el sacrilegio y fue condenado a morir en la horca en la plaza pública para escarmiento de todos. Fue mucha gente y entre ellos también el hombre que hizo la fechorÃÂa, y cuando lo estaban ahorcando decÃÂa en voz baja.
- No supiste guardar un secreto, pues te esta bien empleado.
Los que estaban a su lado y lo vieron refunfuñar le preguntaron que le pasaba, y él les contestó.
No me pasa nada, es que estoy rezando por el alma de ese hombre. ¿No ve que le están retorciendo el cuello?.

