El Cáliz de Oro

El Cáliz de Oro

Hace mucho tiempo por Ribadavia, habí­a una iglesia que tení­a un cáliz muy grande de oro, y un buen dí­a un paisano de un pueblo cercano se le pasó por la cabeza una mala idea, y fue la de robar el citado cáliz y venderselo al joyero judí­o que habí­a en el mismo pueblo.

Dicho y hecho. Un dí­a se fue a misa, y en vez de salir con los demás se metió en el confesionario y allí­ se escondió.

Cuando pasó un buen rato y ya se encontró solo, cogió el cáliz, lo metió en un saco y por la noche se fue a su casa. Al dí­a siguiente se fue con el saco junto al joyero para verderlo, y llegaron a un acuerdo.

El joyero conoció el cáliz de la iglesia porque se lo habí­an dado para que le arreglara un golpe que tení­a, y le dijo al hombre que no tení­a todo el dinero, pero que los iba a buscar junto a un amigo, que lo esperase allí­ mientras tanto. Pero el hombre desconfió y se fue a mirar para donde iba, y lo vio coger el camino hacia la Santa Hermandad que era como la policí­a de aquella época. El hombre dejó el cáliz y se fue corriendo.

Vino el joyero con los de la Hermandad y encontraron el cáliz en su casa y le acusaron del robo. Lo llevaron al tribunal de la Inquisición por el robo y por el sacrilegio y fue condenado a morir en la horca en la plaza pública para escarmiento de todos. Fue mucha gente y entre ellos también el hombre que hizo la fechorí­a, y cuando lo estaban ahorcando decí­a en voz baja.

- No supiste guardar un secreto, pues te esta bien empleado.

Los que estaban a su lado y lo vieron refunfuñar le preguntaron que le pasaba, y él les contestó.

No me pasa nada, es que estoy rezando por el alma de ese hombre. ¿No ve que le están retorciendo el cuello?.

Última revisión: 10 mayo 2007

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